La moda es cíclica. La historia, también lo es. Diversos factores, hechos o acontecimientos tienden a repetirse a lo largo del tiempo. La política, con sus defectos y virtudes, no escapa a ello. En la última década puede decirse que América Latina ha dado un giro a la izquierda. En Brasil el partido de los trabajadores posicionó a Luiz Inacio Lula Da Silva en lo más alto del ejecutivo. En Bolivia, Ecuador y Venezuela, Evo Morales, Rafael Correa y Hugo Chávez, representan, salvando sus diferencias, a sectores de izquierda o centro izquierda. Aproximadamente durante los dos últimos años algunas de las naciones mencionadas atravesaron procesos electorales. La profunda crisis partidaria y de representación que atañe a la región reproduce un grave problema para la institucionalidad democrática. Una concepción marxista esgrimiría que la superestructura partidaria, la compuesta por el aspecto ideológico, estaría carente de sentido, vacía de contenido.
En detrimento de ello surgen personalismos que intentan, para y por el pueblo, y obviamente en favor de la Nación, según sus argumentos, perpetuarse en el poder. Chávez, uno de los más cercanos "amigos" de nuestro país, personifica uno de aquellos casos; en reiteradas oportunidades mediante artilugios y tretas ha intentado, en algunas oportunidades por vía parlamentaria y en otras mediante la realización de plebiscitos, modificar aspectos nodales de la Constitución de su Estado; hecho que de por sí pauperiza su legitimidad y menosprecia la institucionalidad. Pero Venezuela no es el único Estado que sufre el menosprecio de su carta magna: Rafael Correa en Ecuador, Álvaro Uribe en Colombia, realizaron modificaciones o se encuentran en dicho proceso para poder conservar sus cargos. Honduras vive una crisis institucional. Manuel Zelaya intentaba incurrir en esta senda, más la oposición instó a un golpe de Estado para evitarlo. Podría decirse que fue peor el remedio que la enfermedad. ¿Podría?
Retornando a territorio nacional remontémonos al pasado, a aquellos años en que Néstor Kirchner asumía la gobernación de la provincia de Santa Cruz. Luego de una gestión sumamente reprochable, con vastos ejemplos de corrupción como el del regalo (así podría denominárselo por las excesivas ventajas que conllevó su venta) de la petrolera nacional, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), a la empresa española Repsol. El gobernador, en sus ansias de poder buscó la manera para perpetuarse en su cargo. A esos fines realizó una reforma electoral que implantó la polémica ley de lemas, estableció el mecanismo de "un diputado por pueblo", y haciendo oídos sordos a la oposición que exclamó diversas quejas, y gracias a la mayoría parlamentaria que lo apoyaba, la reelección se sancionó. Sin embargo las cosas no terminaron allí. A mediados de 1998 el gobernador adujo la necesidad de reformar nuevamente la constitución, hecho que requería la mayoría absoluta de la cámara. Esto no fue problema para Néstor, dado que encontró una alternativa viable: el plebiscito. Esta herramienta le permitió nuevamente quedarse con la gobernación, haciéndose acreedor de un tercer mandato. Leyendo entre líneas, se puede apreciar el poco respeto a valores tan profundos como el honor, la ética, la integridad, y otros; este tipo de decisiones, mina el andamiaje estructural que sostiene a nuestra república argentina. Hay que hacerle comprender, a esta calaña de funcionarios que lo perdurable en la historia son las ideologías, y lo que una buena gestión ofrece, es la posibilidad que el partido continúe ocupando escaños. No hay nada más aberrante para la democracia que las intenciones de perpetuidad de los personalismos.
En las presidenciales del 2003, el mandatario santacruceño, accedió a la presidencia con el porcentaje de votos más bajo en la historia de nuestro país, erigiéndose como jefe del ejecutivo con 21 puntos porcentuales. No está demás mencionar, que en dicha elección la segunda vuelta electoral no se llevo a cabo dado que su opositor el Dr. Menem se retiró anticipadamente, augurando una derrota sin precedentes, de la segunda vuelta electoral. Por ende solamente un quinto de la población nacional eligió al candidato victorioso. El resto de los votos iba a manifestarse en contra de su contrincante, C. Menem, y no en su favor. Finalizando, quisiera pugnar en favor de una lucha por revalorizar las instituciones, devolviéndoles sus funciones para que cubran sus objetivos. No nos dejemos engañar por una serie de intenciones (materializadas en leyes) que atravesaron el congreso en tiempo record; no nos dejemos engañar, como la población santacruceña que posibilitó la continuidad, de este macabro personaje (y la de futuros); no nos dejemos engañar por esta reforma política que intenta dirimir la interna justicialista entre dos individuos que oprimieron y quieren continuar oprimiendo a la Nación. No nos dejemos engañar… tengamos memoria, para que finalmente, las cosas cambien. |
La moda es cíclica. La historia, también lo es. Diversos factores, hechos o acontecimientos tienden a repetirse a lo largo del tiempo. La política, con sus defectos y virtudes, no escapa a ello. En la última década puede decirse que América Latina ha dado un giro a la izquierda. En Brasil el partido de los trabajadores posicionó a Luiz Inacio Lula Da Silva en lo más alto del ejecutivo. En Bolivia, Ecuador y Venezuela, Evo Morales, Rafael Correa y Hugo Chávez, representan, salvando sus diferencias, a sectores de izquierda o centro izquierda. Aproximadamente durante los dos últimos años algunas de las naciones mencionadas atravesaron procesos electorales. La profunda crisis partidaria y de representación que atañe a la región reproduce un grave problema para la institucionalidad democrática. Una concepción marxista esgrimiría que la superestructura partidaria, la compuesta por el aspecto ideológico, estaría carente de sentido, vacía de contenido.
En detrimento de ello surgen personalismos que intentan, para y por el pueblo, y obviamente en favor de la Nación, según sus argumentos, perpetuarse en el poder. Chávez, uno de los más cercanos "amigos" de nuestro país, personifica uno de aquellos casos; en reiteradas oportunidades mediante artilugios y tretas ha intentado, en algunas oportunidades por vía parlamentaria y en otras mediante la realización de plebiscitos, modificar aspectos nodales de la Constitución de su Estado; hecho que de por sí pauperiza su legitimidad y menosprecia la institucionalidad. Pero Venezuela no es el único Estado que sufre el menosprecio de su carta magna: Rafael Correa en Ecuador, Álvaro Uribe en Colombia, realizaron modificaciones o se encuentran en dicho proceso para poder conservar sus cargos. Honduras vive una crisis institucional. Manuel Zelaya intentaba incurrir en esta senda, más la oposición instó a un golpe de Estado para evitarlo. Podría decirse que fue peor el remedio que la enfermedad. ¿Podría?




